jueves, 15 de diciembre de 2011

Siempre estarán los rulos


Como muchas mujeres argentinas, tengo una especie de obsesión con el pelo lacio.

Si bien nací con una mezcla de rulos con ondas, desde mi temprana adolescencia he batallado contra ellos con cuanto producto ofrecen la ciencia y la tecnología.

Al principio contaba sólo con mi siempre presente amigo, el secador de pelo. Con los años, apareció una de las armas más poderosas en la lucha contra los rulos: la planchita. Gran aliada y compañera. Y en los últimos tiempos se han incorporado los llamados “alisados”, en sus versiones violentas (con formol) y versiones terapéuticas (con keratina).

Ustedes se preguntarán el por qué de esta lucha encarnizada contra mis pobres rulos. Para esta pregunta hay dos posibles respuestas: una simple y una muy compleja.

Podría decirse que mis rulos, a diferencia de los de otras mujeres que quedan divinos, son impresentables. No tengo ondas en todo el pelo de forma uniforme. Más bien se presentan de manera aleatoria en algunos sectores de la cabeza. Además, no están en las puntas (lo que sería muy lindo), sino que aparecen sólo en la raíz. Sí, en la raíz. De este modo, se produce un efecto remolino incontrolable al cual me rehúso a resignarme.

Pero detrás de este rechazo visceral al descontrol en mi cabeza, hay algo más profundo. Y es mi rechazo e imposibilidad de aceptar el descontrol en la vida en general. Esta constante necesidad por controlar mi pelo se relaciona directamente con mi necesidad de controlar todos los aspectos de mi vida.

Así como me paso horas planchando rulos, también paso mis días resolviendo problemas, siempre con la esperanza de que algún día “todo va a estar solucionado”.

Pero las frustraciones vienen cuando descubrimos que por más que planchemos o alisemos los rulos, en algún momento vuelven a aparecer, y lo mismo pasa con los problemas.

Una vez que resolvemos un tema, aparece otro. En ocasiones sentimos que ya no tenemos energía para afrontar otro problema más.

Sin embargo, no nos tenemos que desanimar por la recurrencia de los conflictos. Nunca vamos a tener todo solucionado, así como nunca voy a tener el pelo definitivamente lacio.

Para eso están las vacaciones, para juntar las energías necesarias para afrontar cualquier nuevo revés que nos presenten las circunstancias.

Siempre podremos plancharle los rulos a la vida, en la medida en que aprendamos a administrar nuestras energías y tengamos cerca a nuestros seres queridos, y una buena planchita, claro.
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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Arreglarse no es de vieja


Hace algunas semanas, aprovechando una linda noche de martes, fui a comer a Bella Italia, un simpático restaurant de Buenos Aires.

Me senté en una mesa al aire libre y pedí una tortilla de papas y cebollas.

Mientras esperaba la comida, me puse a observar a la gente de las mesas alrededor. Frente a mí, estaban sentadas Teresa Calandra, Evelyn Scheidl y Adriana Constantini. Divinas todas, daba gusto mirarlas. Peinado cuidado, vestiditos y carteras paquetísimas y make up impecable.

Al lado mío, había una mesa de chicas que deben haber tenido entre 25 y 30 años. Eran una lágrima. Sentadas de derecha a izquierda: “Doña me puse la misma musculosa de algodón que uso para limpiar mi casa”, “Doña estoy demasiado ocupada para ponerme corrector de ojeras antes de salir” y “Doña soy demasiado cool para pasarme el peine”. Un desastre todas.

Quisiera decir que el ejemplo de las chicas sentadas al lado mío en Bella Italia es un caso aislado, pero lamentablemente es un patrón que vengo observando desde hace tiempo en las chicas jóvenes. Sobre todo en la capital.

Pareciera que producirse es un arma a la que las mujeres recurrimos cuando la naturaleza ya ha hecho de las suyas. Empezamos a usar cremas de buena calidad cuando la piel ya está dañada, incorporamos el maquillaje cuando tenemos algo que tapar, e invertimos en prendas de calidad cuando el físico ya no acompaña.

Lo cierto es que las cremas deben usarse en forma preventiva. Vestirse bien y con un make up acorde, es un imperativo para toda mujer (y todo hombre también).
No es “de vieja” estar elegante, peinada y pintada.

Unos stilettos te van a lucir más a los veinte que a los cincuenta. Entonces ¿por qué esperar hasta tan tarde para empezar a usarlos? Yo sugiero que a la hora de salir, dejemos las Converse guardadas en casa y nos subamos a los tacos.

La mujer elegante no se arregla para tapar el paso del tiempo, sino para realzar su feminidad.
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domingo, 27 de noviembre de 2011

Ese amor por la cocina


Pocos ámbitos permiten expresar las emociones de manera tan generosa como la cocina.

Muchas personas me considerarían loca por prender el horno en un día con 35 grados de calor. Sin embargo, nada me da más paz que mirar como las papas se doran lentamente con oliva, orégano y pimentón.

Cada lugar ofrece sus ingredientes típicos, e invita a inventar o improvisar recetas nuevas. Hoy Mendoza, con sus paisajes montañosos y su sol incansable, me ha inspirado a preparar un brunch para el recuerdo.

La pasión por la cocina no tiene hora ni lugar. Puedo pasarme horas transformando los alimentos, tocándolos, oliéndolos. Disfruto más del proceso de preparar la comida que del momento de comerla.

Mi mayor gratificación es ver la cara de mis seres queridos cuando prueban los platos que preparo con todo mi cariño.

Y la tarde no da tregua. Sobre el sillón me espera mi nuevo libro de cocina, a cuya lectura pienso dedicar mi tarde mendocina. Voy a zambullirme en las recetas de Francis Mallmann. Hace dos días fui a comer a su restaurant y quedé maravillada con su risotto con hongos.

Después de aquella comida, mi marido, en un acto de generosidad y egoísmo a la vez, me regaló el libro que contiene todos los secretos del chef.

¿Qué mejor forma de agradecerle el regalo que cocinar alguna de sus recetas?

Dedico este breve post a todos aquellos que dejan el alma en la cocina. A los que como yo, consideran que la gastronomía es una de las formas más nobles de arte. Y sobre todo, a aquellos que usan a la comida como una excusa para unir a la familia o a los amigos para darles amor.
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martes, 8 de noviembre de 2011

Fin de año y el vestidito azul


Cuando cambian las estaciones, las mujeres maniáticas del orden, guardamos la ropa de la temporada que pasó y desempolvamos las prendas de la temporada que viene. Así pues, un día de la semana pasada, me decidí a guardar prolijamente en cajas y fundas toda la ropa de otoño-invierno.

Este proceso de cambio de temporada, viene también acompañado de otros subprocesos complementarios: divido las prendas en 1) De invierno, no la uso más hasta junio, 2) De media estación, todavía no la guardo por si está fresco y 3) Prendas que se pueden usar en cualquier temporada.

A su vez, trato de separar aquellas prendas que no uso para regalárselas a gente que las aproveche mejor que yo. En medio de este proceso, me encontré con un vestidito azul que tengo hace ocho años y que, para ser sincera, usé una sola vez en mi vida.

Lo cierto es que lo más sensato sería regalarlo, pero todos los años, cuando hago limpieza de placard, algo me impide deshacerme de él.

Seguí como si nada clasificando ropa y me dije a mí misma: “antes de fin de año lo voy a usar”.

De repente me di cuenta: hago lo mismo con todos los temas pendientes de mi vida. Ese vestidito azul, tan cotidiano y trivial, simboliza un patrón de conducta: Se acerca fin de año y pretendo hacer todo lo que no hice durante los diez meses anteriores.

Me encuentro en el mes de noviembre pensando: “podría empezar la ortodoncia…”, “voy a pedir fecha para defender la tesis del posgrado”, “esos trámites trabados del trabajo tienen que salir antes de fin de año”, y así sucesivamente. Como si fin de año fuera a hacer posible lo que estuvo parado todo el invierno.

También está el clásico “tengo que bajar esos dos kilos de más antes de fin de año”. Ya no sé ni por qué los llamo “kilos de más”, si los tengo hace tanto tiempo que ya son parte de mi yo normal.

Bajar de peso, solucionar todos los problemas laborales, recibirnos de una carrera, todo, todo, hasta usar un vestido ignoto, queda acumulado para fin de año.

Con las energías por el piso, añorando mis vacaciones, me tendí sobre la cama para hacer un repaso mental de todo lo que me hubiese gustado tener concluido en diciembre. Suspiré al darme cuenta de que la lista es abrumadora. Miré para el costado y ahí estaba, colgado, ese desafiante vestidito azul, el que seguramente no me voy a poner nunca más.

Por lo menos me sirvió para reflexionar y darme cuenta de que NO SE PUEDE RESOLVER TODO ANTES DE FIN DE AÑO. Ha cumplido su función, lo regalo.
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martes, 1 de noviembre de 2011

Ese acto de magia llamado casamiento


No son pocas las mujeres que sueñan con casarse.

La fiesta, el vestido blanco, la familia y los amigos reunidos, muchos son los motivos que hacen que la idea del casamiento nos resulte atractiva.

La verdad es que es una etapa muy linda, pero por momentos siento que se trata de un fenómeno magnificado.

Sin duda el casamiento es un día muy importante para la pareja, ya que implica una reafirmación de la misma, y hasta una legalización o sacramentalización de la relación, según los casos.

Ahora bien, quisiera compartir mi opinión con ustedes. El casamiento no es un borrón y cuenta nueva, ni un pase magia que borra todo lo que la pareja ha vivido hasta el momento.

Entendámoslo, si uno no se lleva bien al momento de casarse con su pareja, el casamiento no cambia este hecho. El matrimonio no subsana ningún aspecto complicado de la relación. Así que si hay un problema en tu pareja, no te cases para intentar solucionarlo.

Siempre he creído que el casamiento es un simple marco de lo que viene sucediendo entre dos personas. Tal vez por eso nunca entendí acabadamente el concepto de “despedida de soltera”. Es como si a una le dieran una última oportunidad de mandarse todas las macanas que no sucedieron durante el noviazgo.

Lo cierto es que la fidelidad y el respeto se deben desde el momento en que uno da su palabra, no desde la fecha de casamiento.

Todos somos humanos, y es normal sentir atracción física por otras personas además de nuestras parejas, pero depende de nosotros la prioridad que le demos a esas sensaciones.

Conozco mujeres y hombres que antes de casarse se permiten una “cañita al aire” como “despedida”. Como si el casamiento fuera una nueva oportunidad para la relación. Simplemente no lo comprendo.

Novio, amante, marido, mujer, son todos rótulos que designan relaciones de pareja. Creo sinceramente que, más allá de las etiquetas, lo que importa son los sentimientos y lazos del corazón que existen entre las personas.
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domingo, 30 de octubre de 2011

La terapia


No sé bien por qué, pero nunca me ha resultado eso de ir al psicólogo. Mentiría si dijera que no lo he intentado, y no digo que no pueda resultar útil para otras personas, simplemente no es para mí.

Aún recuerdo la primera vez que probé con la terapia. Estaba pasando por un momento muy malo en mi vida. La separación de mis padres, sumado a los inicios de una enfermedad de un familiar, me tenían realmente trastornada.

Si bien siempre me había jactado de ser autosuficiente con mis problemas, me di cuenta de que las circunstancias me sobrepasaban y necesitaba “la opinión de un profesional”.

Lo cierto es que muy convencida con la idea no estaba, pero poco había que perder. Así que llegué al consultorio de una psicóloga que me cubría mi obra social y que me quedaba cerca de casa.

Lo único que recuerdo es que la terapeuta se llamaba Mónica y que, curiosamente, tenía exactamente el mismo peinado ridículo que la periodista Mónica Gutiérrez.

Me senté en un sillón de frente a ella, tapizado con un horroroso plástico color marfil. Mónica me miraba fijo.

- ¿Qué te trae por acá?
- Vengo porque mis padres se separaron y encima mi papá está enfermo, y quiero aprender a manejar mejor mis problemas.
- ¿Cómo te imaginás que te puedo ayudar yo?

Decidí ser honesta con ella para no empezar la terapia con el pie izquierdo.

- La verdad es que no tengo mucha fe en la psicología, siempre he sido muy independiente para resolver mis conflictos.

Ella me miró muy seria. Mi comentario no había sumado puntos por ser sincera. Al contrario, pude notar que estaba molesta. Mónica se acomodó en su asiento, y me dijo sin titubear:

- Veo en vos una gran contradicción. Por un lado, te mostrás como una mujer segura que no necesita de los demás, y por otro lado sos débil, ya que venís a hacer terapia por un tema que tampoco es tan grave. Obviamente una de estas dos caras tuyas es falsa.

Yo rompí en llanto. Tanto que no podía ni hablar. Sólo logré esbozar un “es-que-estoy-muy-mal, snif, snif…

El resto de la sesión transcurrió conmigo llorando desconsolada, haciendo abuso de la caja de pañuelitos que estaba sobre una mesa al lado mío, y asintiendo a todas las estupideces que ella me decía.

Me despidió con cara de “viste que logré quebrarte”. Nunca pude decirle que la única causa de mi llanto era la sensación de injusticia que me provocaba que alguien subestime mis problemas.

Seguramente ella se quedó satisfecha, pensando que había podido sacarme la ficha, desarmarme, o alguna otra teoría psicológica barata por el estilo.
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martes, 18 de octubre de 2011

De musas y mujeres comunes


Estaba mirando un programa por televisión de preguntas y respuestas, cuando un concepto se me coló entre los pensamientos.

La conductora le preguntó al participante quién había sido la musa de un pintor cuyo nombre no me acuerdo en este momento. Y así, caprichosamente, como se maneja la cabeza, me puse a pensar en esa palabra. Me sonaba lindísima. Como una mezcla entre elegancia y misterio.

La noción de musa alude a seres que inspiran el arte, pero a la vez suelen ser grandes creadoras. Son personas con luz propia. Llaman la atención y a veces hasta obsesionan.

Qué concepto tan atrayente, ¿a qué mujer no le gustaría ser una musa?

Los hombres son muy creativos a la hora de piropear a las mujeres, aunque pocas veces he escuchado que cataloguen a una mujer como musa. Ése sí que sería un lindo piropo para recibir.

Pensándolo bien, para mi desolación, nunca me he sentido musa de nadie. Simplemente no soy así. No poseo esa nota enigmática, casi mística, en mi personalidad.

Pero si bien no tengo la dicha de ser una musa, me considero muy afortunada, porque son muchas las mujeres que día a día, de diferentes maneras, me inspiran.

Mujeres del pasado y del presente que con sus vidas emblemáticas me alientan a crear, en mi tiempo, y dentro de mis posibilidades.

Hay algo mejor que ser una musa, vivir rodeada de ellas.
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lunes, 17 de octubre de 2011

La mirada de los demás


Aunque muchas intenten negarlo, la mirada de los demás nos pesa.

Podés ser la mujer más segura del mundo, pero siempre, en mayor o menor medida, buscamos la aprobación del otro.

Si bien es cierto que escribo este blog porque me hace feliz, mentiría si dijera que me es indiferente la reacción del lector.

Nos importa lo que los demás piensen de nosotros, y nos gusta mucho que nos digan cosas lindas.

Ahora bien, ¿cómo reaccionamos cuando las críticas no son positivas?

A lo largo de los años, he comprobado que uno recibe más críticas buenas que malas. Esto no ocurre porque somos intachables y amorosas. No. Ocurre porque, en general, hay muy pocas personas dispuestas a decirte algo que no te gusta a la cara.

Cuando la crítica es negativa suelen ocurrir dos cosas: o son manifestadas a tus espaldas, o son reprimidas para “evitar confrontar”. Yo las llamo meramente dos formas distintas de hipocresía.

Si bien es cierto que en ocasiones la crítica resulta innecesaria y hasta inoportuna, hay momentos en los que diciendo la verdad, aunque no sea linda, ayudamos, y mucho.

Aún así, me pregunto, ¿no será que hay poca gente dispuesta a decir la cruda verdad, porque hay poca gente dispuesta a escucharla?

¿Acaso es como todo en el mercado? ¿Hay poca demanda y por eso baja la oferta?

Escuchamos a nuestras amigas cuando nos dicen lo que queremos oír, pero nos enojamos cuando nos reprueban. ¿Qué tiene de enriquecedor que nos cuenten una versión editada de la imagen que proyectamos?
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viernes, 7 de octubre de 2011

La clave


Hace unos minutos, llegué a mi casa luego de una salida con mis amigas.

Primero fuimos a comer a un restaurant de comida vietnamita. Cuando terminó la comida, una de mis amigas sugirió que fuéramos a no sé cuál bar.

Cuando llegamos al lugar en cuestión, confieso que sentí un poco de miedo. El barrio no era muy lindo, llovía y estaba un poco oscuro. Caminamos hasta un edificio viejo con una puerta de lata negra. Una de las chicas tocó la puerta y un señor extraño abrió levemente.

Creo que el código es 423”- le dijo mi amiga al señor de la puerta.

Entonces nos hicieron pasar. Caminamos por un pasillo, hasta llegar a una cabina vieja de teléfonos. Yo, para entonces ya me imaginaba secuestrada. Pero para mi alivio, al atravesar la cabina, desembocamos en un bar bastante simpático (aunque tampoco tan paquete como para que anden poniéndole clave para entrar, que cosa tan ridícula).

Una vez sentadas, pedimos unos tragos y nos pusimos a conversar. Estando allí, con amigas de las que fui compañera del colegio, y a las que conozco desde hace años, comprendí que cada vez me cuesta más abrirme a las personas en general.

Extrañaba esa sensación de estar con personas que te conocen bien y te comprenden.
Lo cierto es que entenderte y sentirte cómoda con los demás, no es tarea sencilla, o al menos para mí.

Me cuesta mucho tener piel, o hacer click con la gente que conozco. Me resulta difícil relajarme de al todo.

La comunicación de alma con otra persona, es una experiencia que vivo sólo con algunas pocas amigas, familiares y con mi marido. Quizás por eso mi vida de relación es bastante acotada.

Entonces me di cuenta de que soy como ese bar pretencioso en el que estábamos tomando unos tragos: dejo entrar a muy pocos. Sólo a los que saben la clave.
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sábado, 1 de octubre de 2011

La verdadera it girl


Como si no fuera suficiente con las denigrantes publicidades anti-mujeres que existen actualmente, ha aparecido una nueva, que innova en el incesante deporte de rebajar al género femenino.

No conforme con el existente abanico publicitario, que va desde amas de casas redimidas en la limpieza por un señor musculoso, hasta desodorantes masculinos que nos transforman en féminas en celo y sin cerebro, ahora pretenden enseñarnos que la mejor forma de obtener lo que queremos, es sacándonos la ropa.

Así es, se trata de una nueva publicidad de ropa interior, protagonizada por la modelo brasilera Gisele Bundchen.

Primero se la muestra a ella totalmente vestida comunicándole al marido, por ejemplo, que gastó fortunas en la tarjeta de crédito. Seguidamente, surge un letrero que dice: error. Luego, se la ve a Gisele en bombacha y corpiño repitiendo lo mismo. El letrero entonces dice: acertado.

Básicamente, el mensaje es: “decilo en pelotas y salite con la tuya”.

Además de ser extremadamente machista, la publicidad es desacertada.

Acepto que puede llegar a tener cierto atractivo si lo que se pretende es venderle un producto a la audiencia masculina. Pero no es este el caso.

¿Qué mujer va a comprar ropa interior de esa marca, después de ver la publicidad?

Parece que en Brasil han decidido censurarla por tratar a la mujer como un objeto. Yo no creo en la censura, pero sí creo en el boicot espontáneo del mercado.

No compremos productos que se promueven de esta forma. Así estaremos contribuyendo a hacerles saber a los publicistas qué es lo que realmente queremos ver en sus campañas.
Quizás algún día lleguen a entender que no queremos que nos muestren como tilingas reventadas en ropa interior.

Queremos que las publicidades nos muestren como mujeres elegantes, exitosas y con estilo.Preferimos ver a Gisele con un vestido increíble, llevándose el mundo por delante, como una mujer libre e independiente.

Esa es la modelo que las mujeres queremos ver en las publicidades, la verdadera it girl.
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miércoles, 28 de septiembre de 2011

La gran mentira


Este blog nació como una forma de hacer oír mi voz de mujer. Aquí he intentado desarrollar temas que nos interesan a nosotras, a veces con tono serio, y otras veces satirizando la realidad.

Si bien siempre me ha atraído el derecho y la política, he procurado excluirlos como temas en el blog. No quería que este espacio se convirtiera en un comentario permanente de lo que sale publicado en los diarios.

Pero esta vez voy a hacer una excepción. Voy a politizar este blog. No para hacer una reflexión en abstracto, sino para expresar un malestar personal. Y quizás, para llegar a algunas mujeres que, como yo, están cansadas de ser esnobeadas.

Yo, queridas amigas, estoy cansada. Cansada de la intolerancia y de la mentira. Cansada de ser discriminada por cómo me visto, cómo vivo o cómo pienso.

Estoy cansada de ser víctima de los comentarios filosos de personas que, en nombre de un falso progresismo, censuran en forma constante mis puntos de vista.

Obra de este gobierno o no, existe actualmente en la sociedad, como una “moda” de criticar y atacar con violencia a todo lo tradicional o conservador.

Como si todos aquellos que pretendemos defender alguna idea no progresista, fuéramos fascistas, golpistas, oligarcas o retrógrados.

Hemos caído en un relativismo moral sin límites.

Hace unos días miraba con un amigo un programa de televisión en el que una señorita, casi sin ropa, bailaba en forma ridícula arriba de una tarima mientras los invitados del programa comían en una mesa alrededor. Cuando le dije a mi amigo que el espectáculo me parecía denigrante, me contestó: “Si ella es mayor de edad y lo consiente, está bien”.

No, no está bien. Ok, como es mayor de edad, no hay nada que se pueda hacer “legalmente” para impedirlo y está bien que así sea. Pero la escena era patética igual ¿Cómo puede ser que nos hayan lavado el cerebro de tal manera, que una señorita que baila semidesnuda frente a otras personas que comen nos parece bien?

Un debate similar se generó durante una conversación sobre el matrimonio homosexual. Alguien se atrevió a decir “a mí no me gusta”, y seguidamente varios interlocutores le saltaron a la yugular tildándolo de “nazi”.

La persona en cuestión no dijo “voy a hacer todo lo posible para evitar que se apruebe la ley de matrimonio homosexual”. Simplemente dijo: “no me gusta”.

Digo yo, ¿acaso no es mucho más “nazi” la actitud de no dejar que haya alguien que piense diferente?

Siempre he sido una persona abierta a discutir ideas. Por eso mismo, considero que el debate está condenado cuando en lugar de centrarse en la discusión de fondo, se empieza a atacar personalmente a quien habla. “Ah, vos eso lo decís porque sos católica”. Como si las personas religiosas fuésemos incapaces de formar una opinión en base a premisas racionales.

Muchas personas que se llaman a sí mismas progresistas, son aún más cerradas y retrógradas que los sectores de la sociedad que critican. Desde un resentimiento sin precedentes, estereotipan, subestiman y hasta ridiculizan a la Iglesia, los intelectuales conservadores y los empresarios que no transan ¿Esto es progresista? No lo creo.

El verdadero progresismo, el que es digno de respeto, es aquel que se preocupa por la gente necesitada. Son aquellas personas que dedican su vida a ayudar de forma eficiente a los que menos tienen. Aquellos que aceptan, escuchan y no agreden a los que piensan diferente.

Toda mi vida tuve que aguantar, por parte de gente que no me conoce, ser estereotipada como una chica frívola y caprichosa. Las personas se guían por las apariencias o por el entorno en el que una vive, y no ven que una tiene buenos sentimientos, ni los esfuerzos que una hace a través del trabajo y del estudio.

Es más fácil prejuzgar a la gente. Es más sencillo descalificar al otro, censurarlo para que no diga lo que es considerado “políticamente incorrecto”.

No voy a callarme. Voy a decir en voz alta lo que pienso, aunque me minimicen por el envase. Siempre voy a defender la libertad, los derechos de la mujer y los valores morales laicos, le guste o no al movimiento absolutista del gobierno de turno y sus defensores.
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viernes, 23 de septiembre de 2011

Debe quedarte bien


Como viajo mucho por trabajo, siempre tengo a mano material de lectura. Disfruto de los libros, pero también me apasionan las revistas. Compro todas: Vogue España, Vogue Latinoamérica, Harper´s Bazaar, etc.

Justamente fue ojeando la última edición de Harper´s Bazaar Argentina, que leí una frase tan simple como cierta. Alberta Ferretti, reconocida diseñadora italiana dijo: “Tu casa es como un vestido: debe quedarte bien”.

La verdad es que antes de tener mi propia casa, poco me importaba el tema decoración. Al vivir con mis padres, la casa se acomodaba al gusto de ellos, por supuesto.

Hoy que tengo mi propia casa, tengo la oportunidad de armarla como yo quiero.

Así he descubierto, con riesgo de soñar cursi o frívola, que las casas tienen alma.

En efecto, la casa es un reflejo de la personalidad de sus dueños. Es la caja que contiene los recuerdos, retratos y expresiones de arte de los que allí viven.

Por eso creo que mantener la casa linda va más allá del tema decoración. Es importante tener un lugar donde uno se siente cómodo, un lugar que hable de uno mismo.

Recuerdo cuando empecé a viajar bastante seguido al interior para trabajar. Durante mis estadías laborales, me hospedaba en una casa de mi familia. Como nadie la habitaba, la casa se sentía fría y sola. Decidí hacer algo para hacerla más acogedora.

Entonces, en cada viaje, comencé a llevar cosas que iba dejando allá. Fotos, revistas, cremas, cuadros, ropa. Al cabo de un tiempo, la casa ya no me parecía tan triste.

Por eso no entiendo a las personas que desatienden su casa, dejan las cosas tiradas, no lavan las cortinas, o tienen por vajilla un vaso de plástico de la colección de Coca Cola.

La casa habla de uno, y como dice Alberta, debe quedarte bien.
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jueves, 8 de septiembre de 2011

El aniversario


Septiembre es un mes muy importante para mí. Mi historia de amor con quien es hoy mi marido, cumple siete años y un año de matrimonio.

Como a muchas mujeres, me gusta hacer algo especial para recordar la fecha.

Dado que estoy con bastantes complicaciones en el trabajo, me pareció adecuado hacer un viaje corto a algún lugar cerquita.

Así fue como el sábado 2 de septiembre partimos a Punta del Este.

La verdad es que la pasamos muy bien. Con la vista al mar, los mariscos y las horas ociosas para dedicar a la lectura, no podía ser de otra manera.

Ahora bien, no todo son rosas.

A partir de la experiencia de este fin de semana he llegado a la siguiente conclusión: el aniversario se festeja cuando a uno le viene bien ¿Por qué tendremos esa manía de querer hacer la celebración el día exacto?

Los pronósticos para el fin de semana anunciaban lluvia, pero yo quise ir de todas maneras.

La lluvia no me permitió hacer mis caminatas diarias por la punta, limitó bastante los paseos y casi me entierro en la arena cuando intentaba entrar a un restaurant que queda sobre la playa.

Hacía un frío terrible y se rompió el agua caliente. Encima a la calefacción de la casa, no acostumbrada a visitas fuera de temporada, le costó bastante arrancar.

Como si esto fuera poco, mi marido se perdió el cumpleaños de su mamá y de uno de sus mejores amigos en Buenos Aires.

La pasé bárbaro a pesar de todos los contratiempos, pero en definitiva, ¿no es mejor acaso hacer el viaje cuando más convenga, en lugar de atarse a una fecha determinada?

Si el objetivo del viaje es relajarse y festejar una relación de pareja, ¿no da lo mismo cualquier fin de semana?

Esto me enseñará la lección, espero.
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jueves, 1 de septiembre de 2011

No podés controlar todo


En el gran universo femenino, existen todo tipo de mujeres.

Las clasificaciones que pueden hacerse son infinitas: buenas y malas, inteligentes y tontas, trabajadoras y vagas, gordas y flacas, etcétera, etcétera.

En lo que a este post respecta, quisiera referirme a una clasificación en particular: mujeres relajadas versus mujeres controladoras.

Permítanme encuadrarme a mí misma dentro de la segunda categoría.

Hace un tiempo le escuché decir a Mirtha Legrand que lo único que ella envidiaba en la vida, era a las mujeres que comían mucho y no engordaban.

Bueno, a mí lo único que a veces me genera envidia (sana, si es que existe), son aquellas mujeres que van por la vida completamente relajadas. Casi nada las afecta. No las estresa ni la carrera, ni el físico, ni las relaciones personales, nada. Simplemente se dedican a pasarla bien y no se cuestionan mucho.

Yo (y todas mis queridas hermanas de categoría), por el contrario, me preocupo por todo. Me cargo a mí misma con innumerables obligaciones y necesito tener todo bajo control. Me cuesta horrores delegar y no confío en nadie.

Esta incesante necesidad de tener todo bajo control, puede que tenga su origen en una mezcla de soberbia con perfeccionismo obsesivo.

Sea como sea, a medida que pasan los años, la vida me sigue diciendo a cachetazos: “Relajate un poco porque no podés tener todo bajo control”.

Van a haber muchas ocasiones en las que las cosas no van a salir como esperábamos. Y si cada vez que esto ocurra nos vamos a poner como locas, nos vamos a terminar enfermando (yo ya tengo celiaquía nerviosa).

Así es que de ahora en adelante me propongo tomarme la vida con más tranquilidad, e invito a todas mis queridas control freaks a que lo intenten.

Deséenme suerte.
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miércoles, 24 de agosto de 2011

El lujo no es pecado


Hace unas semanas, fui a almorzar con una amiga. Pedí una ensalada con tomatitos secos, rúcula y salmón ahumado. Para acompañarla, además de agua, me pareció apropiado una copita de champagne. Mi amiga me preguntó ¿festejamos algo?

¿Por qué tengo que tener un motivo de festejo para tomar champagne?

La verdad es que me gusta darme lujos, pequeños o grandes. Te sacan de la rutina y te hacen la vida más entretenida.

Cuando paso por un período de mucho trabajo, intento recompensarme con algún viaje, aunque sea cerca. Me encanta cocinar, pero también disfruto mucho saliendo a comer afuera a algún lugar lindo. Otra cosa que me levanta el ánimo cuando estoy más o menos, es comprar un buen par de zapatos.

Sin embargo, he notado que socialmente no está muy bien visto darse lujos. La gente, en general, te mira con cara de “Ah, no te privás de nada…”

Yo pienso que la vida es una sola. Claro que primero siempre vienen las responsabilidades, pero también hay que saber mimarse un poco.

Ni siquiera hace falta gastar grandes sumas. Comprarse flores, hacerse una manicura, deslizarse entre las sábanas recién puestas, se me ocurren miles de formas de lujo que no son para nada caras.

En uno de mis libros favoritos, la autora, una francesa residente en Estados Unidos, compara la cultura norteamericana con la de Francia.

Ella explica que el lujo y el placer son nociones que los franceses tienen muy incorporadas a su vida cotidiana. Comen con su copita de vino, se toman el tiempo para sus rituales de belleza, gastronómicos y sociales. Los yanquis, por el contrario, suelen comer en carritos en la calle y, en general, no ven con buenos ojos el lujo y los gastos “inútiles”. Son más prácticos y productivos, sí, pero más aburridos.

No hay nada de reprochable en la sana búsqueda de placer. Mejor que vivir, es vivir bien.
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sábado, 20 de agosto de 2011

¿Qué fue de mi vida social?


Sentada en el sillón de mi casa un sábado a la noche, comienzo a tomar conciencia de que mi vida social no es lo que era hace cinco años.

Me acuerdo de esos fines de semana en los que nunca me acostaba antes de las tres de la mañana y no puedo evitar preguntarme ¿qué fue lo que me pasó?

Y me respondo a mí misma: me pasó que casi todas mis amigas se casaron, me pasó que ya no me gustan los boliches, me pasó que estoy más exigente con mis actividades ociosas.

Parece que llega una edad en la que todos los programas son en pareja. Y si bien disfruto mucho de las salidas con mi marido, extraño bastante las juntadas entre mujeres (que son muy pocas para mi gusto), las comidas multitudinarias y las fiestas de amigos.

Veo con un tanto de preocupación, como ya nos vamos aburguesando y ni siquiera tenemos treinta.

Quizás en el día a día no me daba cuenta porque cuando una se casa, rara vez te encontrás sola. Pero hoy que mi marido está de viaje, empiezo a tomar conciencia de que todas mis amigas están con sus parejas y no tienen la más mínima intención de salir.

¡Qué deprimente, che! Ya no sé ni para qué me compro tantos vestiditos de lentejuelas si no tengo ocasión de ponérmelos. Espero que haya un casamiento pronto.

Las pocas juntadas que se arman consisten en estar en el living de una casa conversando con cafecito. No me malinterpreten, me encanta estar puertas adentro, pero necesito un poco de mundo.

En fin, llamado a la solidaridad para todas mis amigas de todas las provincias: chicas salgamos y recuperemos algo del glamour de los veinte.
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lunes, 8 de agosto de 2011

Errores y estilo


Michael Patrick King es un hombre que entiende el complejo universo femenino. Él es uno de los creadores de la reconocida serie de televisión: Sex and the City.

Claro que este director se concentra en aspectos más superficiales de la vida de las mujeres. De todas maneras sus palabras merecen ser analizadas.

Hace poco, King dijo en una entrevista por televisión: “Carrie Bradshaw, (refiriéndose al personaje principal de la serie) como todas las mujeres, ha formado su propio estilo a través de los años. Ha usado muchos atuendos locos”.

Es cierto. Yo quiero mucho a Carrie, pero hay que aceptar que en ocasiones se ha puesto ropa y accesorios que bordean el límite de lo aceptable.

Ahora la pregunta es ¿y quién no?

Todos hemos pasado por etapas muy complicadas con respecto a la moda. No creo que exista una mujer que no tenga un par de fotos de épocas pasadas que no quiera mandar a la hoguera.

A veces intentamos culpar a la moda del momento, pero lo cierto es que no importa qué tan extraña sea, somos nosotras las culpables de esos outfits que son atentados al buen gusto.

Haciendo un poco de memoria, puedo recordar mi lista de horrores, que incluye una etapa en la que era fanática de Thalía. Creo que, salvo un corpiño con canillas, me puse cuánta barbaridad ella usaba: pantalón blanco fajado, chaleco verde manzana y cinturones de plástico.

Más horrible aún fue mi etapa “corset”. Para que se den una idea, mi favorito era uno con escamas turquesas dibujadas.

Como olvidar, también, mi etapa “secretaria ejecutiva” en la que usé y abusé de faldas a la rodilla y pantalones de vestir que me aumentaban por lo menos diez años.

En fin, hago aquí una confesión de todos mis pecados de la moda.

No soy la única, podría tranquilamente escrachar a varias de mis amigas, pero no lo voy a hacer porque soy buena.

La verdad es que no me arrepiento de mis errores, porque ha sido a fuerza de tropezones que he descubierto lo que realmente me gusta.

Con los años vamos “madurando la moda”. Descartamos algunos vicios y nos quedamos con lo esencial.

Aún así, siempre nos queda alguna tara que no podemos superar. En mi caso, es la debilidad por las etiquetas de diseñadores famosos. Pero eso no me impide darme cuenta que cuando algo no va conmigo, por más que sea un Yves Saint Laurent, no debo ponérmelo. El tiempo y los errores me han permitido generar ese olfato.

Nadie nace con estilo propio. Y como mi querida Carrie Bradshaw, las mujeres necesitamos experimentar un poco, para descubrir qué nos define en lo que al vestidor se refiere.
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jueves, 4 de agosto de 2011

Miedo a estar sola


Todas sabemos que encontrar a un hombre que llene todas nuestras expectativas es muy difícil. Quizás esto explique la patología que vienen sufriendo varias de mis amigas.

¿Por qué nos ponemos de novias de entrada con un hombre que no nos encanta?

Cuando tenía 18 años me vine a vivir a Buenos Aires para empezar mi carrera universitaria. Me sentía super sola y triste. Lo peor eran los domingos. Entonces comencé a salir con un chico que era un amor y al poco tiempo me puse de novia.

Él era muy buen candidato: excelente persona, educado, buen mozo y correcto, pero a mí no me terminaba de enamorar.

Entonces me di cuenta: no quería estar con él, simplemente no quería estar sola. Actualmente son muchas las mujeres que padecen este mal.

¿Por qué prolongar una relación de pareja que sabemos que no va más? ¿Por qué nos conformamos? ¿Baja autoestima? ¿Para no estar solas? ¿Para no enfrentar y lidiar con el problema?

Hoy en día el tema de quedar “solterona” sigue siendo un problema en las cabezas femeninas.

Pero nunca vamos a conocer a "Mr. right" si no cortamos con "Mr. ok".

Además, incluso si nunca más conocemos a otro hombre ¿no es mejor estar sola que mal acompañada?
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lunes, 1 de agosto de 2011

A la vuelta del trabajo


Nada reconforta más que la sensación del deber cumplido, pero a la vez, nada te agota más que una jornada eterna de trabajo.

Como todos, tengo días que son productivos y otros que no tanto. A veces vuelvo a casa con la sensación de que estuve toda la tarde en la oficina y no avancé nada. Otras veces llego contenta por los resultados alcanzados en el día.

Ahora bien, ¿cuál es el común denominador de los días buenos y malos de trabajo? Siempre termino destruida. Me duele la cabeza, me duele el cuerpo y los pies (si, por los tacos, pero no pienso bajarme). En fin, el nivel de cansancio es tal, que no sé ni cómo me llamo.

La vuelta de la oficina es uno de los momentos más sagrados de mi día. Necesito tiempo y espacio para realizar todos esos procesos que hacen que me sienta yo misma de nuevo.

Me gusta mirar cosas superficiales en la tele o leer algún libro livianito. Nada que me haga pensar mucho.

Una copita de vino o de champagne actúa muy bien como relajante. La tomo mientras cocino o mientras descanso cómodamente en el sillón.

Previo a meterme en la cama, recurro al baño reparador que en general incluye sales y aceites.

Muchas veces, en el día a día, uno deja de lado los rituales personales. Por falta de tiempo o por inercia.

Yo creo que son fundamentales para conectarnos con nosotros mismos (frase trillada, ya lo sé).

Difícilmente podamos ser trabajadores y productivos, si no nos dedicamos un tiempo personal.
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sábado, 23 de julio de 2011

En busca de la vocación perdida


Cuando era chica, participaba ocasionalmente en una banda rock. Canté en fiestas, bares y boliches. Siempre me gustó cantar, bailar y actuar. Lo llevo en mi ADN.

Los años pasaron y, junto con el comienzo de mi carrera universitaria, mi tiempo libre comenzó a hacerse escaso y mis pasiones fueron relegadas.

Siempre me dije a mí misma, a modo de auto consuelo, que más adelante retomaría aquellas actividades que tanto me gustan.

Pero no. La vida me llevó por otros caminos y me sumó responsabilidades.

En la inercia, no nos damos cuenta de que los años nos transforman en personas más serias y cargadas de obligaciones. Raramente nos detenemos a pensar qué queremos hacer en realidad de nuestras vidas.

¿Cómo pasé de estar arriba de un escenario a estar detrás de un escritorio?

Claro que no podemos dejar de lado las responsabilidades, pero tampoco es sano ahogar la vocación cuando no resulta lo suficientemente convencional.

Mis padres siempre me alentaron a elegir una carrera profesional “útil y seria”. No me arrepiento de haber estudiado abogacía porque me ha brindado muchas herramientas para encarar los problemas que se presentan.

Aún así, siempre me sentí una artista, y mi felicidad plena viene solamente de la mano del arte. Por eso escribo, bailo frente al espejo con mis amigas y canto sola en mi cuarto.

Conozco a miles de mujeres así. La que le gusta la ropa y estudia una carrera convencional, pero termina diseñando vestidos, la que estudia arquitectura y termina decorando interiores, la que estudia abogacía y después se pone un negocio.

No se puede reprimir la vocación, sin embargo, no todos lo comprenden.

Qué difícil que es decidirse a hacer lo que nos gusta, animarse a cumplir los sueños.
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domingo, 17 de julio de 2011

Entregar el alma


El domingo pasado fui a misa con mi familia. Admito que si bien voy todos los domingos, no todas las veces me llega el sermón del sacerdote. A veces no hablan claro, repiten una y otra vez lo mismo, o simplemente yo me distraigo.

Pero esta vez, lo que dijo el padre me hizo reflexionar mucho.

Él hablaba de las personas que tienen endurecido el corazón. De aquellos que oyen, pero no escuchan y ven, pero no miran.

No sé cómo habrán sido otras épocas. Sí entiendo que en los tiempos que corren, somos muchos los que tenemos cerrado el corazón.

Cuando nos sucede algo que nos genera mucho dolor, tendemos a cerrarnos a los demás como mecanismo de protección. Nos recluimos en nuestro propio universo y no miramos lo que pasa alrededor.

Asumimos las responsabilidades ineludibles, pero no estamos dispuestos a dar más de lo necesario. El alma pasa de ser generosa a ser mezquina.

El día a día nos ofrece incontables oportunidades de disfrutar y de conectarnos con el prójimo. Claro que para poder hacerlo tenemos que tener el corazón abierto.

Cuando las personas nos decepcionan o las circunstancias nos castigan, pensamos que si no nos atajamos, pueden herirnos de nuevo.

La vida es impredecible. Si bien pasan cosas malas, también pueden sucedernos cosas buenas. Y si por miedo a las primeras no entregamos el alma, es muy probable que se nos escapen las segundas.
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sábado, 9 de julio de 2011

Medianoche en París


La semana pasada fui a ver la nueva película de Woody Allen, “Medianoche en París”.

La verdad es que me gustó mucho. Tengo que admitir que es rara, al igual que la mayoría de los films de este señor. Aún así, me parece que tiene cierto encanto. Claro que ayudan mucho las lindísimas imágenes de la ciudad de París y la calidad de los actores.

En realidad tengo mi breve teoría acerca de por qué me gustó tanto esta película.

En la historia, el protagonista, un escritor con ganas de cambiar y profundizar la calidad de sus trabajos literarios, entra inexplicablemente, cada medianoche, en un mundo que transcurrió años atrás, donde conoce a personalidades del mundo del arte como Ernest Hemingway y Pablo Picasso.

No quisiera desarrollar todo el argumento, ni enumerar todos los temas que se tocan, como, por ejemplo, la común mentalidad según la cual todo tiempo pasado fue mejor.

Sí creo que algunas películas tienen la virtualidad de tocarnos una fibra íntima. En este caso, a mi me llegó por el lado de la fantasía.

Todos soñamos despiertos con cosas que sabemos que son imposibles, como vivir y compartir el tiempo de nuestros ídolos.

El protagonista de “Medianoche en París” logra que escritores que marcaron la historia de la literatura mundial, lean su novela y le den su opinión al respecto.

En lo personal, me encantaría viajar a otras épocas y caminar por Place Vendome junto a Coco Chanel, o tomar el té con Victoria Ocampo en su casa de San Isidro.

Son este tipo de fantasías las que hacen la vida un poquito más divertida.

Esa tarde, sentada en aquella butaca, convenientemente acompañada de mi amor y de un Martini seco, Woody Allen me hizo soñar. ¿Qué más puede pedírsele al cine?
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viernes, 8 de julio de 2011

Finanzas y machismo


"I like my money right where I can see it... hanging in my closet"- Carrie Bradshaw.


El machismo se encuentra presente en todos los ámbitos de nuestras vidas.

Todavía existen personas que piensan que las tareas domésticas son cosa de mujeres.

Ya hablamos también, sobre esa horrible mentalidad que tilda de prostituta a la mujer que se acuesta con varios hombres, en oposición a la imagen de ganadores que tienen los hombres promiscuos.

En, fin, no es la idea ponernos hacer una lista de las distintas formas de machismo que existen en la sociedad. Simplemente, quisiera referirme a una de ellas en particular.

Hace ya bastante tiempo que vengo bancándome que los hombres (y curiosamente algunas mujeres también) opinen con tono absolutista acerca de cómo invierto mi plata.

No puedo creer que hayas gastado tanto en una cartera”, “¿Cuántos pares de zapatos tenés?”, etcétera, etcétera.

A mí jamás se me ocurriría andar por ahí cuestionándole a la gente en qué se gasta la plata. Qué cosa tan intolerante.

Los hombres gastan miles y miles de dólares en autos y me critican a mí por gastar menos de la décima parte en moda. Cuando le hice este planteo a mi marido, se produjo el siguiente intercambio de opiniones:

-“Si, pero yo al auto lo uso”
-“¿Y qué te pensás que hago yo con la cartera?”
-“Si, pero vos por menos plata podés comprarte otra cartera”
-“Y vos por menos plata podés comprarte otro auto”.

No es que quiera criticar acá a los fanáticos de los motores, lejos de mí.

Básicamente quiero demostrar que cada uno tiene sus gustos y nadie es quién para juzgar el gusto de los demás.

Claro, a mi me tildan de frívola porque me compro un vestido, pero gastar fortunas en un Ipod no sé qué o en un teléfono no sé cuánto es perfectamente aceptable. Perdonen, pero me parece totalmente fascista.

Aquellas mujeres amantes de los diseñadores me van a entender. La moda, le pese a quién le pese, es una forma de arte.

El paso del tiempo, lejos de desvalorizar las prendas, las vuelve vintage, difíciles de conseguir y por ello, más exclusivas. No puedo decir lo mismo de esos aparatitos tecnológicos inútiles que compran los hombres, que al mes ya son obsoletos.

En fin, la conclusión es: déjenme vivir. Yo invierto mis fondos en lo que me parece, y eso no me hace ni más ni menos inteligente. He dicho.
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lunes, 4 de julio de 2011

Dar por sentado


Estar en una relación de pareja larga y estable tiene muchos beneficios.

Sin duda amar durante muchos años a una persona es maravilloso. Una se siente más segura y plena. Ya no hay que someterse al universo impredecible de las salidas, ni pasar horas al lado del teléfono esperando que alguien llame.

Cuando uno está muy bien con el otro, es más fácil relajarse y ser uno mismo al cien por ciento.

Ahora bien, es bueno estar cómodo, pero no demasiado cómodo. Permítanme profundizar esta idea.

Uno puede estar muy seguro del amor que el otro siente, pero es importante (perdonen lo cursi de este párrafo) regar ese amor todos los días.

Las parejas exitosas se construyen sobre la base de un mínimo de coincidencias en cuanto a proyectos de vida. Aún así, existen detalles que las enriquecen y no permiten que se vuelvan monótonas.

Las comidas románticas, las flores, los halagos y las caricias importan. Y mucho.

Conozco mujeres que detestan el romanticismo, pero a la mayoría nos encanta.

Los hombres son más simples y sensoriales. Se los mantiene contentos con buena cocina y buena intimidad.

Lo importante es preguntarse qué necesita el otro, y procurar hacer todo lo posible para dárselo.

Insisto en que la astucia de las parejas consolidadas consiste en encontrar ese delgado límite entre estar relajado y estar dejado.

Con lo difícil que es encontrar el amor, más vale que lo cuidemos muy bien.
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domingo, 3 de julio de 2011

Una mujer muy libre


En otros posts he reflexionado acerca de si las personas son capaces de cambiar o no.

En aquellas oportunidades, llegué a la conclusión de que hay aspectos o características que pueden entrenarse o modificarse.

Sin embargo, la esencia de la persona, eso que constituye el corazón de la personalidad, difícilmente cambie.

En estos días he tomado consciencia de que nuestra personalidad determina, en gran medida, nuestro estilo de vida y nuestras relaciones con los demás.

Siempre he sido una mujer muy independiente. Estoy acostumbrada a hacer lo que me parece.

Es por eso que de chica tuve una relación tirante con mi madre, quien siempre manifestó una inclinación a interferir activamente en mis elecciones. Con mi padre, por el contrario, siempre me entendí a la perfección, ya que se dedicó a apoyar mis decisiones, limitándose a consejos no vinculantes.

Nunca me gustó el trabajo en relación de dependencia y lo padecí durante los cuatro primeros años de mi vida laboral. Sufría cumpliendo horarios estrictos. Odiaba tener que reportar a un jefe, quien era dueño de mi tiempo y de mi creatividad.

Hoy mi vida está diseñada para que nada me ate. Protejo celosamente mis ámbitos de autonomía.

Claro que siempre existen responsabilidades de las que inexorablemente debemos hacernos cargo, pero en la medida de lo posible, siempre busco la libertad.

Necesito mi propio cuarto para desarrollar mis tan imprescindibles momentos de soledad. No me atrae ir a lugares o hacer programas que no me convencen. Sólo me gusta compartir mi tiempo con personas que realmente me quieren y evito codearme con personalidades tóxicas.

Más de una vez, mis amigas han tildado estas actitudes de caprichosas, yo lo llamo ser fiel a una misma. Ellas saben que siempre estaré dispuesta a ayudarlas o escucharlas, pero creo firmemente que no es posible hacer feliz a los demás si uno no es feliz.

La libertad es una condición necesaria para estar en paz, para abrirse al prójimo y para crear.

Coco Chanel solía decir: “Detesto rebajarme, doblegarme, humillarme, disimular lo que pienso, someterme, no hacer lo que me da la gana…
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domingo, 26 de junio de 2011

I like food


Hace algunas semanas, mi marido y yo viajamos a Estados Unidos de vacaciones. Una noche, después de un largo día de playa, decidimos hacer una reserva en el restaurant del hotel.

La verdad es que tenía muchísimo hambre porque lo único que había comido en todo el día era una ensalada al mediodía.

La especialidad del restaurant era comida italiana, lo cual me hizo pensar que los platos iban a ser contundentes y abundantes.

Me senté en la mesa preparándome para pedir una montaña de risotto con portobellos, o alguna otra delicia similar.

La sorpresa vino cuando al abrir la carta me encontré con una serie de platos pretenciosos, y NINGÚN RISOTTO.

Me sentí un poco frustrada al descubrir que en ese lugar no iba a poder satisfacer el apetito voraz que me aquejaba esa noche. De todas maneras, ya estábamos ahí, así que me resigné y pedí la comida.

Tal como imaginé los platos eran muy pequeños, pero no por ello, menos exquisitos.

El primer plato, la polenta con salsa de hongos, era espectacular. El segundo plato, un pescado con espárragos y jamón crudo, realmente bueno. Y la torta húmeda de chocolate, un manjar.

Esa noche la cantidad de comida que mi organismo reclamaba, fue reemplazada por su exotismo y calidad.

Claro que al día siguiente fuimos directo a atacar una hamburguesa con papas fritas.

Así funciono yo. No puedo vivir comiendo comida sofisticada, pero la disfruto cada tanto. Así como tampoco soporto la comida chatarra muy seguido, pero de vez en cuando la necesito.

Me encanta comer afuera, pero nada como la comida hecha por una misma. Es cierto que me gusta comer, pero más me gusta cocinar.

La verdad es que soy tan abierta en el ámbito gastronómico, que por mucho tiempo me ha costado definir mi relación con la comida.

Recientemente encontré esa definición en una frase de Gwyneth Paltrow, dentro de su nuevo libro de cocina: “I like food”.

Tan simple.
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lunes, 20 de junio de 2011

Mi amiga de Nueva York


Durante muchos años de mi vida miré por televisión una serie sobre cuatro amigas que viven en Nueva York.

Las historias de estos personajes comienzan desarrollando temas un tanto cliché y ligeramente burdos, pero con el correr de los capítulos y de las temporadas, los relatos se vuelven más profundos.

A la larga, terminé enamorándome de esas cuatro mujeres que luchaban por conservar su independencia, defender sus ideas y no conformarse en el amor.

Particularmente, Carrie Bradshaw me cautivó. Quizás por mis aspiraciones frustradas de ser escritora, o tal vez por mi incurable adicción a los zapatos.

Hace pocos días tuve la oportunidad de estar nuevamente en Nueva York.

Pisar los escalones de la casa de Carrie, sentarme a comer en la misma mesa del mismo restaurant en el que ella estuvo, visitar la misma zapatería en la que ella compra, realmente me erizaron la piel.

Al ojo crítico esto puede parecer superficial, pero cuando se crece mirando la vida de un personaje a través de la pantalla, ese personaje de ficción se vuelve parte de uno.

Cuando iba a la universidad vivía en un departamento a mil kilómetros de mi familia. Y lo cierto es que Carrie fue mi compañera muchas noches que pasé comiendo sola frente a la tele.

Estar en su ciudad y recorrer las locaciones de su vida fue como visitar la casa de una amiga que se conoce hace mucho tiempo.
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sábado, 28 de mayo de 2011

No abandonarás a tus amigas


La amistad entre mujeres es un fenómeno complejo.

He tenido la dicha de cosechar muchas buenas amigas durante mi vida. También he tenido la oportunidad de comprobar que las relaciones entre mujeres presentan varios matices que ameritan ser analizados, y en algunos casos, modificados.

En primer lugar, quisiera desmitificar que los hombres sean más sencillos que las mujeres. Antes yo creía que era así. Hoy veo las cosas diferentes. Descubrí que entre amigos también hay envidia, competencia y deslealtad.

Pero volvamos a las mujeres. Sin duda la competencia entre amigas, el chismerío cuando alguna no está presente y los prejuicios son obstáculos que se presentan con frecuencia, obstaculizando que se genere un verdadero vínculo de amistad.

Aún así, creo que existe un error más patológico que cometemos las mujeres: y es hacer que toda nuestra vida de relación gire alrededor de nuestra situación de pareja.

¿Por qué será que cuando estamos solteras vivimos pegadas a nuestras amigas, y en cuanto conseguimos un hombre nos borramos de la faz de la tierra?

Mi teoría es que cuando estamos en la dulce búsqueda necesitamos compañeras de salidas, y cuando nos deprimimos recurrimos a alguna amiga para llorarle en el hombro o compartir una botella de vino o un paquete de galletitas para ahogar las penas.

En cambio, cuando estamos en pareja nuestro centro automáticamente gira en torno a ese hombre que tanto nos gusta, y nos olvidamos de aquellas fieles amigas que tanto nos sostuvieron durante las épocas difíciles.

Hace siete felices años que estoy junto a quien es hoy mi marido. Sin embargo, no consigo mantener un contacto fluido con mis amigas.

Lograr reunir al grupo entero es más torturante que probarse un traje de baño en invierno.

Así es que, aquí viene mi llamado a la solidaridad femenina: chicas hablemos, organicemos programas y alimentemos la relación. Porque no importa qué tan felizmente casadas estén, no se puede vivir sin las amigas!!!
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jueves, 19 de mayo de 2011

La edad de soñar


Cuando somos chicos y nos preguntan qué queremos ser cuando seamos grandes, tendemos a dar respuestas peculiares. Los varones generalmente contestan: bombero, policía o jugador de futbol. Las niñas, a veces sueñan con ser estrellas de cine, o fantasías similares.

A medida que crecemos vamos madurando y descartamos algunas opciones que abrazamos de chicos, pero creo yo que nunca dejamos de soñar.

Todos tenemos anhelos, deseos que, en parte, se convierten en motor de la vida.

La desilusión sobreviene cuando alcanzamos la edad a la que pensábamos que nuestros sueños ya iban a estar concretados, o siquiera, en marcha.

Pienso que aquí radica el problema. Nos han entrenado para creer que hay una edad en que la ya debemos estar establecidos, y que a partir de esa edad nuestra vida ya no va a cambiar mucho.

Muchas mujeres entran en pánico porque se acercan a los 30, a los 40 o a los 50, y todavía no se les da lo que tanto desean.

Diganmé ¿a quién se le ocurre que a los 30 ya tenemos que tener la vida resuelta? ¿Quién es lo suficientemente soberbio como para afirmar que hay una edad para cumplir los sueños?

Con los años he descubierto que la frase “sólo sé que no sé nada” tiene mucho de cierto. La vida te sorprende todo el tiempo. Y así como suceden cosas malas, también pueden ocurrirte cosas buenas. NO DEJES QUE NADIE TE HAGA CREER LO CONTRARIO.

Estoy llena de sueños, algunos los he cumplido y otros aún no. Sin embargo, estoy orgullosa de por lo menos, seguir creyendo en mí. A pesar de los juicios de valor u opiniones que emitan los demás, siempre he actuado conforme a mis convicciones y a mis deseos. Y eso ya es un triunfo en sí mismo.
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viernes, 13 de mayo de 2011

Accessorize


Cuando tenía dieciséis años, me fui de viaje de estudios con mis amigas y amigos a Oxford, Inglaterra.

El objetivo del viaje era perfeccionar mi inglés, pero obviamente nos dedicamos más a la diversión que al estudio.

Me acuerdo que esperábamos que terminara la clase de la tarde para ir al centro de la ciudad. Solíamos ir con frecuencia a un negocio que se llamaba Accessorize. Nos pasábamos horas eligiendo pulseras, anillos y gomitas para el pelo.

Anoche, no sé por qué, me acordé de estas visitas al centro de Oxford.

Supongo que en los últimos años, las responsabilidades en mi vida tomaron una dimensión completamente diferente.

Tengo un trabajo importante, estoy casada y llevo adelante mi casa.

Además, a medida que pasan los años, los roles entre padres e hijos empiezan a confundirse, y uno se termina preocupando por sus padres, tanto como los padres se preocuparon por uno.

Hay muchas cosas que me hacen feliz actualmente, y estoy conforme con mis elecciones, pero no puedo evitar preguntarme, ¿en qué momento dejé de ser una chica, y me convertí en un adulto?

Las tardes en las que lo único que me importaba era salir con mis amigas e ir a Accessorize, quedaron muy atrás en el tiempo.

Crecer es parte de la vida, y las circunstancias que uno vive tienen mucho que ver con la rapidez de ese crecimiento.

Agradezco a Dios por todas esas personas que, a pesar de mis responsabilidades, me ayudan a que cada tanto pueda volver a sentirme libre como una adolescente.
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miércoles, 20 de abril de 2011

Ese maldito teléfono


Aprovechando la semana santa, y abrumada por una masiva cantidad de problemas en el trabajo, tomé la decisión de desenchufarme por unos días.

Planeo quedarme en casa, no revisar los mails y postergar todos mis pendientes para la semana que viene.

Pero existe una fuente de conexión con mis obligaciones de la que no me puedo desprender: mi teléfono celular.

Así es, me resulta imposible apagar el teléfono. No sé, me da miedo que sea una emergencia, entonces casi siempre atiendo. A veces no llego porque lo tengo lejos y me dejan el mensaje. Estamos en la misma porque no puedo no escucharlo.

Recién ahora tomé coraje y me animo a ponerlo en modo silencioso mientras duermo. Es todo un avance.

De todas maneras, me siento literalmente esclavizada por ese aparatito infame que suena todo tiempo.

Aclaro que tengo el modelo de teléfono más viejo y básico que existe en el mercado. Mi marido se ríe de mi insulto a la tecnología y me dice que tengo que comprarme un smart phone.

Yo pienso, además de que no me divierte nada la idea de que mi teléfono sea más inteligente que yo, ¿para qué quiero sumarle nuevas herramientas a mi adicción? ¿Para ser como esas personas que van por la vida embobadas apretando teclitas? No gracias.

Debo ser la única persona rara que, en la era de las comunicaciones, quiere descomunicarse lo más posible.
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lunes, 11 de abril de 2011

El vestido


Dentro de unos pocos días se casa una muy amiga mía. Estamos todas muy contentas y vamos a viajar a Mendoza para celebrar el importante acontecimiento.

Ahora bien, este tipo de festejos traen aparejado, además de la natural emoción, un dilema altamente frecuente en el universo femenino: ¿Qué carancho me pongo?

Esta pregunta a un hombre puede parecerle una estupidez, pero todas las mujeres sabemos cuánto tiempo requiere dar con el vestido indicado.

Primero, el largo. No sé si notaron que ahora se usan los vestidos tan cortos que apenas tapan la cola. Ante esto, planteo dos objeciones: 1. Estos modelos no admiten ni un kilo de más, 2. La verdad es que de elegantes tienen poco. Podría optar por un vestido por la rodilla, pero entonces corro el riesgo de verme mucho más “vieja” que el resto de las chicas de mi edad. Ni hablar de los largos. A mí me encantan, pero ya no se ven. Salvo que vayas al teatro Colón o a alguna comida de beneficencia (no abundan en mi agenda).

Segundo, el color. Llámenme amarga, pero nada más sentador que el negro. Nunca fui fanática de los colores estridentes. Los admito muy rara vez, y tiene que ser en verano. Los colores me gustan clásicos: beige y su gama, gris y su gama, negro y blanco (este último vetado para un casamiento).

Tercero, el género. Sinceramente me tiene un poco cansada que traten de venderme vestidos hechos con materiales ordinarios a precios exorbitantes. De nada sirve un diseño original, si el género no es bueno.

Con todas estas ideas y preconceptos salí a recorrer la ciudad en busca de mi vestido. De más está decirles que no lo encontré.

Ya veremos. Probablemente termine recurriendo a uno de mis viejos amigos que cuelgan en mi placard.
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miércoles, 30 de marzo de 2011

Las empalagosas


Hace unos días fui a inscribirme en un curso de francés. Después de hacer una larga cola en el departamento de alumnos, llegué un tanto crispada a un escritorio donde me atendió una señora muy amable. Demasiado amable, pensé en ese momento.

Es que la señora en cuestión me trataba de “bebé”: “Estos son los horarios, bebé”, “¿tarjeta o efectivo, bebé?”.

No es la primera vez que me topo con una de estas señoras que derrochan dulzura, y que en lugar de decirte “señora” o “señorita” poseen una amplia lista de sobrenombres confianzudos: “mi amor, querida, madre, madrecita, flaquita, gordita, negri, entre otras”.

Pero en esta oportunidad, me puse a pensar en todas las veces que me he quejado porque me atienden mal, en todas las veces que he tenido que soportar la cara de traste de una empleada, operario, funcionario o lo que sea.

Entonces me dije a mí misma, quizás estas señoras empalagosas sean una bendición. Bueno si, son cursis y cachudas, pero por lo menos están siempre alegres y transmiten buena onda.

No sé si me gusta que me digan “bebé”, pero la próxima vez que tenga que ir a pagar la cuota de francés, voy a ir bien predispuesta, porque la señora gordita que me atendió era de lo más atenta.
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sábado, 12 de marzo de 2011

De reinas y amantes


Está claro que los hombres monógamos son una especie en extinción.

Más allá de la tendencia natural del género masculino, las mujeres somos muchas veces inescrupulosas, e incrementamos las tentaciones.

Del engaño muy pocas se salvan. Y he llegado a comprobar, que mientras más alta es la posición socioeconómica, más decadente se vuelven los comportamientos.

Ejemplo claro de ello es la experiencia de las reinas de la historia, resignadas testigos de los amoríos de sus maridos.

Uno puede llegar a pensar que esto les ocurría a las que se descuidaban, pero no. Les pasó a casi todas. Por más destacables que fueran.

Leonor de Aquitania fue una mujer extraordinaria. Reina de Francia y reina de Inglaterra, manejó desde joven los hilos del poder, renegando de las tradiciones que se le imponían por el hecho de ser mujer. Controló a sus enemigos y conspiradores, protegió celosamente sus dominios, cultivó el arte, y hasta encontró el tiempo para tener y criar diez hijos.

Sin embargo, la talentosa Leonor, tampoco se salvó de las humillaciones inferidas por su segundo marido, Enrique II de Inglaterra.

Claro que si la madre de Ricardo Corazón de León no se salvó de los engaños, ¿qué queda para el resto de las mortales?

Leonor jamás se dejó rebajar por las circunstancias. Porque sabía que ella era la protagonista de la historia.

Una vez escuché en una película, que las personas se dividen en protagonistas y actores secundarios. Habría que plantearse seriamente de qué lado queremos estar, y tomar todas las decisiones desde ese punto de vista.

Nada más triste que ser actriz secundaria de la vida.
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domingo, 6 de marzo de 2011

La eterna nostalgia


El paso de los años nos deja muchas cosas positivas; acumulamos experiencias de vida, aprendemos de los errores y formamos nuestro carácter.

Pero cada día que pasa, nos lleva una parte interna. Es que cada día es único, y por más triste que suene, no va a volver jamás. La sola idea de este pensamiento, nos hace sentir una nostalgia permanente por el pasando inmediato, mediato y remoto.

La nostalgia no quiere decir de ninguna manera que no estamos conformes con el presente. De hecho, he comprobado que no importa qué tan felices seamos, siempre vamos a experimentar una ligera inquietud por épocas pasadas.

Hoy fue una noche de dicha, rodeada de amigas muy valiosas, música y risas. Pero en un momento, me alejé un poco del ruido y salí a mirar la noche al jardín.

El pasado siempre está ahí, latente, picándonos el alma.

En el fondo, quizás la nostalgia sea algo bueno. Yo la tomo como una manera en la que Dios me recuerda que antes, además de hoy, también tuve momentos felices.
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jueves, 17 de febrero de 2011

Mi lugar en el mundo


Hacía muchos años que no me sentía en mi casa.

A lo largo de mi vida, he residido en distintos lugares. De todos ellos me llevo cosas buenas. No arrepiento para nada de mis mudanzas, porque de lo contrario no hubiese conocido a muchas personas que hoy son tan importantes para mí.

Pero mudarse tiene un costo: nunca te sentís en tu casa.

Los franceses tienen una expresión para designar tu lugar: “chez moi”. Bueno, yo hace mucho que no me sentía chez moi.

Por las vueltas de la vida, mi trabajo me trajo nuevamente a pasar considerables temporadas en mi ciudad natal, una localidad no muy grande del interior del país. Un lugar en el que la gente es amable y el ritmo es tranquilo.

Sobre su suelo di mis primeros pasos. Sus días me vieron crecer y sus noches se llevaron mis preguntas. Eso es imbatible.

He tenido la suerte de viajar por ciudades muy lindas. Sin embargo, a veces, estando lejos de casa, me siento rara y me invade la angustia de sólo pensar en los kilómetros que me separan de la tierra en que nací.

Qué importante es sentirte en casa, tener lugar en el mundo, un eje de vida.
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martes, 15 de febrero de 2011

Cuando se pierde el glamour


A todas nos gusta sentirnos sexys y femeninas, pero admitámoslo, a veces el trabajo y la rutina nos juegan en contra.

Muchas de mis amigas que viven con sus novios o maridos, me cuentan que llegan tan cansadas a sus casas, que no tienen energía para nada más que ponerse el pijama y meterse en la cama. De más está decir que si ni se sacan la pintura de la cara, menos aún tienen algún tipo de contacto pasional con sus parejas.

Con el correr del tiempo, estas licencias de cansancio devienen en un hábito difícil de revertir, y nosotras nos transformamos en la anti-diva. La mujer dejada que no se arregla porque NO TIENE TIEMPO.

No es por sermonear a nadie, pero esto no está bien.

Yo entiendo lo agobiantes que pueden ser las obligaciones diarias. Van a haber días en los que una sólo quiere llegar a su cama. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado de que no pasé de una práctica excepcional.

Un baño relajante con sales y espuma puede lavarte el día del cuerpo y ayudar a resaltar tu feminidad. En lugar de ponerte una pijama viejo, ponete alguno de seda. Perfúmate antes de entrar a la cama. Date un masaje con crema hidratante. Hay muchos rituales que relajan y te hacen linda al mismo tiempo. El estrés no es excusa.

Obvio que nadie está vestido de gala las 24 horas, no es eso lo que estoy sugiriendo. Sólo reivindico que no perdamos la actitud ni la costumbre de ser mujer.
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sábado, 12 de febrero de 2011

Maquillar las emociones


Las mujeres pasamos muchas horas a la semana arreglándonos. Invertimos en cremas, make up y tratamientos estéticos con un solo objetivo: ocultar las imperfecciones físicas.

Esto de ocuparse en resaltar los mejores atributos, y camuflar los defectos, tiene que ver con la valorización de la belleza, y es una práctica muy femenina.

También es característico de nosotras las mujeres, ocultar y reprimir nuestras emociones. Cualquier psicólogo nos diría que no es sano.

Yo misma me considero partidaria de ser completamente auténtica y mostrarnos tal cual somos.

Sin embargo, he llegado a descubrir que hay momentos en la vida en los que es mejor maquillar los sentimientos. Permítanme explicarme.

La ira, la alegría, la decepción, el entusiasmo, no siempre son oportunos.

A veces no es necesario someter a los demás a presenciar nuestros ataques de enojo. No aporta nada. Es mejor encerrarse en un cuarto y descargar la bronca solos.

Llorar, no es algo que pueda hacerse delante de cualquiera. Implica en alguna medida la desnudez del alma y, por lo tanto, es un acto muy íntimo.

Tampoco está bueno festejar cuando nos pasa algo bueno si estamos cerca de otra persona que no corre con nuestra misma suerte.

En fin, podría seguir con los ejemplos, pero la idea que quiero transmitir es simplemente esta: a veces es mejor guardarse los sentimientos, que son caprichosos e impulsivos. Maquillar las emociones por un bien mayor.
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sábado, 5 de febrero de 2011

Las divas molestan


Definitivamente, la mujer glamorosa molesta a muchos.

Hace poco estaba leyendo el blog de una señora muy elegante que brinda consejos de moda y estilo. Ella, a pesar de no tener la necesidad de hacer nada, comparte sus secretos con sus lectoras.

De todos los comentarios que la gente le deja en el blog, gran parte de ellos se refieren puntualmente a ella y a su costumbre de estar siempre arreglada. “Por favor, poné una foto tuya en jogging”, “Muero por verte en zapatillas”…

¿Por qué molestará tanto que una mujer esté siempre linda y prolija? Hay como una necesidad de romper con los mitos de las mujeres producidas.

Yo, que ni por casualidad tengo el glam de esta señora del blog, he padecido durante toda mi vida comentarios como estos. “Ceci, ¿vos nunca te bajás de los tacos?”, ¿Todos los días te hacés el peinado?”

Internet está llena de páginas que dicen contener fotos de mujeres paquetas sin maquillaje. ¿Por qué existe este morbo?

La verdad es que no entiendo. Ojalá existieran más divas, ejemplos de elegancia y distinción. Marylin Monroe, Rita Hayworth, ¿acaso no decoran la vida?
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viernes, 21 de enero de 2011

No existen las vacaciones de uno mismo


Antes que nada quisiera pedir disculpas por mi prolongada ausencia. Me encuentro en un lugar en el que la conexión a Internet es muy lenta. Tan lenta, que ha superado mi corta paciencia.

Quiero decirles que los he extrañado (no sé bien a quién le hablo, supongo que a la red en sí misma, porque no creo que tenga muchos lectores).

A lo largo de estos días, todos mis pensamientos han sido volcados en un cuaderno que conservo en la mesa de luz. En otras circunstancias, cuando quiero decir algo, voy directo al blog, sin escala de papel. En estas vacaciones me he amigado con la lapicera.

Uno no puede apartarse de aquello que lo apasiona. Por eso yo no he dejado de escribir, ni de leer, ni de cocinar. Aún de viaje.

Me preguntan por qué paso mi tiempo entre los libros y la cocina. Yo les digo que la vida es muy ácida y patente, como para profundizar lo cotidiano. El arte ayuda a sobrellevar lo difícil e intricado. En las letras me desplomo y en las recetas me relajo.
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